sábado, 25 de febrero de 2017

TIEMPO DE PRIMAVERAS PERDIDAS EN "HEDI"


Tráiler oficial



            Resultaría casi un tópico diletante afirmar que son muy pocas las películas tunecinas que se distribuyen en España. En los festivales sí es más probable, de manera muy señalada en el de Cine Africano de Tarifa (FCAT), cuya edición de 2009 incluyó Khamsa (2008), de Karim Dridi, y La canción de las novias (2008), de Karim Albou, que fue además la que consiguió el premio a la Mejor película en esa edición del FCAT.

            Ambos filmes bajo el formato de co-producción (el nombre de Francia suele aparecer en la lista de países colaboradores), como también lo es Hedi (2016), de Mohamed Ben Attia, que es el que nos ocupa en esta reseña, pero todos ellos, productos netamente tunecinos en cuanto a los temas y el tono narrativo.

             Dentro de esos temas tunecinos, no me parece detalle menor la posición de este país como una especie de piedra angular en el centro del Mediterráneo sur, situado entre dos potencias regionales, como Argelia y Libia, cada una con sus propias tensiones políticas y religiosas. Quizá por esa posición privilegiada en el mismo corazón del puzle del Magreb la Primavera Árabe se inició en la ciudad de Túnez, el 17 de diciembre de 2010, cuando el joven Bouazizi se quemó a lo bonzo como protesta contra el régimen dictatorial de Ben Alí y luego se extendió a otros países de la zona, como Egipto o Libia, y otros algo más distantes, pero pertenecientes a la misma cultura, como Siria, que es un conflicto del que estamos celebrando ya el tristísimo sexto aniversario, sin que aquello tenga visos de acabar.

 
Pues bien, el largometraje de Ben Attia, galardonado con el premio a la Mejor Opera Prima en la última Berlinale, nos sitúa cinco lustros después del inicio de todo aquello y nos ofrece un Túnez con claros signos de subdesarrollo en las infraestructuras cotidianas: desde luego que el miedo de los inversores extranjeros por la inestabilidad de la zona no ha ayudado demasiado a mejorar la situación. Un Túnez donde, como buena piedra angular, conviven dos tensiones antitéticas: la tradición islámica, sobre todo en lo referente a la boda entre Hedi, interpretado por Majd Mastoura, y Khedija, interpretada por Omnia Ben Ghali, y la supuesta modernidad occidental representada por la calidad de las infraestructuras reservadas para turistas y la tribulaciones propias de la sociedad de consumo, materializada en la venta de automóviles, que es a lo que se dedica Hedi, quien en una de sus prospecciones comerciales conoce a Rym, interpretada por Rym Ben Messaoud,  en un hotel de Mahdi.

El filme se articula sobre una sucesión de primeros planos de Mastoura, que soporta muy bien la presión de la cámara, lo que le valió el Premio al Mejor actor también en la última Berlinale. Y es que, digámoslo claramente: Majd Mastoura es capaz de dar a la imagen lo que la imagen le pide, es decir, inestabilidad, insatisfacción, agobio, lo que hace innecesarios los diálogos en numerosas ocasiones.

Pero de manera muy principal es importante comprender cómo los personajes de Hedi, Khedija y Rym tienen un valor simbólico, cuya clave nos la ofrece un comentario de Hedi in media res, pues para él, después de tres días de manifestaciones al inicio de la primavera árabe, los compañeros volvieron al trabajo con otra actitud: más ligeros, más limpios, más amables. Lamentablemente, aquello no fue más que un paréntesis.


De modo que, Hedi se debate entre su vocación de dibujante de cómic postmoderno y su arraigo en las formas tradicionales de vida. Aunque no es ése su principal desasosiego, sino la atracción que siente por Rym, cuando apenas quedan dos días para su boda con Khedija, circunstancia que me permite mantener el siguiente juego de identidades implícitas:

—Khedija es la tradición cultural musulmana. No utiliza velo, ni pañuelo en la cabeza, ciertamente, pero la sumisión a las costumbres tunecinas es bien clara cuando apenas tiene voz en las grandes decisiones ni permite un simple beso a su novio antes de la boda. Ella da vida a la mujer islámica, con alaridos linguales inclusive, atenuada por una cierta relajación de las normas más severas.

—Rym es todo lo contrario. Rym es modernidad y desparpajo. De hecho, en un primer momento, comoquiera que aparece en escena dentro de un cuadro de son cubano, bailando con medio muslo al aire y de ahí hacia abajo el resto de la pierna, el espectador piensa que es caribeña. Su estilo de vida nada tiene que ver con lo que es habitual en el Islam, sino que se baña casi en cueros, es independiente, trabaja de animadora en un hotel y actúa como cualquier mujer actuaría en una sociedad occidental. No tiene, pues, reparo alguno en hacerse amante del hombre a quien ama, es decir, Hedi, y así lo reconoce abiertamente. No me resisto a indicar que el primer encuentro entre ambos se produce en el mar Mediterráneo, a quien se reconoce una vez más su cualidad de mar de culturas.

—En medio, fiel a su naturaleza de piedra angular, se sitúa el personaje recién mencionado, en quien hemos de ver una plasmación del propio Túnez, pues la indecisión entre el compromiso con su novia oficial y la felicidad con su amante no es otra que una parábola del país atenazado por la tradición, irresoluto ante la revolución o, al menos, renovación: «Yo no soy un revolucionario», confiesa Hedi a Rym; pero sí participa en las manifestaciones contra el régimen.

            Sabido es el concepto de intrahistoria que acuñó Unamuno como el reflejo de los grandes hechos históricos en las vidas de las personas normales que los padecieron, pero Hedi, la película quiero decir, no es realmente así, sino que se parece más a un viejo precepto genético: la ontogenia repite la filogenia. Con otras palabras, la historia del individuo es un calco de la historia de la especie o, como mínimo, hacia ella tiende.


Por ello, no me parecen escogidos al azar las dos lugares en que se sitúa cada mujer: Khedija en Kairuán, que es la ciudad donde se halla una de las mayores mezquitas de todo el Islam, y Rym en Mhadi, que alberga numerosos resorts donde pasan sus vacaciones los turistas europeos: quizá no sea ésta la imagen más gloriosa de la modernidad, pero sí una cuña de progreso social. Recordemos, sin ir más lejos, que el régimen franquista empezó a resquebrajarse seriamente cuando los turistas llegaron en masa a nuestra ribera del Mediterráneo.

La lectura que cabe extraer de esta película es bien obvia: la normalización de las sociedades musulmanas vendrá encabezada por la mujer.

¿Que cómo acaba? ¿Que a cuál de las dos jóvenes termina Hedi uniéndose? Ah, pillines, que vosotros lo que queréis es saber cómo acaba la peli y a cuál de las dos jóvenes termina Hedi uniéndose, pero para conocer la respuesta será necesario que veáis la cinta. Lógico, ¿o no? Una pistilla para que no penséis que soy malo: con un primer plano de Mastoura comienza todo y con otro primer plano del mismo actor termina. Ea, ya podéis sacar las entradas para comprobar si vuestras cábalas son exactas. No seré yo, por supuesto, quien os prive del goce de asistir a la proyección de esta magnífica pieza de cine mediterráneo.

Mientras tanto y para dulcificar la duda, aquí os dejo “Una noche en Tunicia”, por Miles Davis y Chalie Parker. Of course.

Francisco Javier Rodríguez Barranco

sábado, 18 de febrero de 2017

UN BESO ES SÓLO UN BESO EN "LA LA LAND"



Tráiler oficial



            Nada menos que catorce nominaciones a los Oscars, madre mía, que yo creo que es algo y aunque sólo sea por eso ya merece la pena dedicar unos párrafos a La La Land (2016), de Damien Chazelle, protagonizada por Ryan Gosling, en el papel de Sebastian y Emma Stone, en el de Mia, quienes, por supuesto, son candidatos a la preciada estatuilla en las categorías de mejores intérpretes protagonistas. Un filme concebido para mayor gloria de la meca del cine y eso que la fábrica de sueños dejó de ser lo que era cuando apenas estaba naciendo, dado que en 1932 la actriz Peg Entwistles se suicidó lanzándose al vacío desde la letra H en el cartel gigante de Hollywood.


            Aparentemente ajena a ello y arropada por un gran aparato musical, donde la personalidad de Johnny Legend es fundamental, lo primero que cabe preguntarse es si verdaderamente La La Land puede incorporarse al género musical, puesto que si por musical entendemos aquellos largometrajes en que la acción no es nada más que una mera excusa para incorporar canciones o bailes, de los que todos tenemos mucho títulos en la cabeza, iniciando la saga en la primera película a la que se incorporan voces, aunque sólo sea para las canciones, es decir, El cantor de jazz (1927), de Alan Crosland, en La La Land asistimos al fenómeno contrario: una sucesión de canciones y bailes que acompañan a un argumento que discurre como buenamente puede: una especie de montaje audiovisual para envolver una trama de escasa profundidad: la decisión, por ejemplo, sobre la elección de nombre para un hipotético club de jazz  se impone como tema esencial.
            Muy meritorio me parece el número musical en un atasco de la autovía que inicia la película. Muy lamentable, me parece, sin embargo, que ese arranque del filme quede ahí como una especie de danza interrupta, res nullius, una coreografía postiza, porque ni el atasco, ni un tan elaborado número musical, ni siquiera la autopista tienen luego desarrollo en la película.


             La La Land consiste en las aspiraciones de Mia por ser actriz y las de Sebastian por consagrarse como músico, inquietudes netamente hollywoodienses, como es de sobra conocido, donde ni Emma Stone ni Ryan Gosling ejecutan los mejores papeles de sus respectivas carreras: sinceramente creo que se ha sacado muy poco partido de las enormes cualidades expresivas de Emma y de la proverbial versatilidad de Ryan. Si es que, además, ni una ni otro son grandes bailarines ni mucho menos cantantes. Ni sus números musicales satisfacen las expectativas generadas en la primera escena, donde ellos no aparecen.
            Y que sí, que ya sé que La La Land es el nombre familiar con que se conoce a Los Ángeles en Norteamérica, pero ahora viene el momento spoiler porque fonéticamente se parece mucho a Casablanca, que es el título de una de las películas más conocidas de la historia del cine.
            No obsta la simplicidad del argumento para que la película de Chazelle padezca un error de guion garrafal, que además es el punto de inflexión en el filme. Pongámonos en situación: Sebastian ha degradado su amor al jazz para enrolarse en una banda de pop cañero, económicamente muy rentable, mientras que Mia tiene que pagar de su propio peculio el alquiler de un teatro para representar un monólogo escrito por ella, a cuyo debut apenas asisten diez personas y los comentarios que la chica escucha cuando cae el telón no pueden ser más demoledores.


            Comoquiera que Sebastian ha tenido bolo con su banda, llega tarde a la función, lo que constituye la última gota que derrama el vaso de Mia, quien decide irse a vivir con sus padres, desilusionada de su vida de pareja y de camarera con deseos de ser artista. Hasta ahí todo correcto, pero es muy poco creíble que en la escena siguiente veamos a Sebastian tocando el piano en plan música ambiental para una boda, lo que transmite implícitamente la idea de que ha pasado mucho tiempo: no se pasa de una banda de pop cañero, contrato incluido, a amenizar bodas en plan formalito de la noche a la mañana. 


          Pues bien, cuando Sebastian regresa a casa, que es todavía el domicilio de pareja en el que ya sólo vive él, recibe la llamada de una persona con responsabilidad en una empresa de castings, a quien ha fascinado la actuación de Mia en su malhadado monólogo, lo que permite inferir que dicha llamada ocurre al día siguiente, pero una cosa, el paso del tiempo, y su contraria, la inmediatez, no pueden ser ciertos simultáneamente, sobre todo porque, tal y como comenté más arriba, ese momento marca el punto de inflexión de la película: si antes fue Sebastian quien prostituyó sus convicciones musicales para ganarse la vida con interpretaciones que detesta, a partir de ahí decide reconciliarse consigo mismo; y si antes de la, digamos, providencial llamada del casting, Mia se mantenía fiel a sus principios estéticos, a partir de ese momento, se incorpora al establishment, lo cual nos permite encaminar nuestro razonamiento hacia la cuestión de los innumerables guiños de La La Land a filmes míticos.



            Mucho se ha escrito sobre esa cuestión en todo tipo de publicaciones relacionadas con el cine (revistas y blogs), y que no hace falta repetir, pero hay dos referencias legendarias que no se han mencionado todavía o, al menos, no las he leído yo, que soyu un ser imperfecto, y una de ellas es The Way We Were, Tal como éramos (1973), de Sidney Pollack, cuyo título en esta ocasión sí fue traducido correctamente, magníficamente protagonizada por Robert Redford y Barbra Streisand, que interpreta la conocida canción de este largometraje, con la diferencia de que en la película de Pollack es el chico quien abandona sus ideales, mientras que la chica mantiene las suyas.
            Pero sin duda las coordenadas canónicas anteriores en que se inscribe La La Land son las de Casablanca(1942), de Michael Curtiz. Enumeremos brevemente las similitudes, una de las cuales, la fonética del título, ya ha sido mencionada:
«Ésta es la ventana desde la que se rodó la escena de los nazis entrando en Paris en Casablanca» —cito de memoria, de muy mala memoria y traducido al español—, ilustra Mia a Sebastian en los primeros compases de La La Land.
—Las referencias a París, que siempre nos quedará en Casablanca, son constantes en La La Land, mediante fotografías, escenas, dibujos o conversaciones.
—Un piano toca Sam en Casablanca, y el mismo instrumento acomete Sebastian en La La Land. Si es que tan sólo falta decir: «Tócala otra vez, Seb».
—Un gigantesco póster de Ingrid Bergman preside la habitación de soltera de Mia.


 —Rick’s se llama el club que Rick monta en Casablanca, Seb’s se llama el que funda en La La Land, que ya sé que no son idénticos, pero parecen animados del mismo espíritu: dos monosílabos con vocal media inserta entre consonantes.
—Y, por fin, Ilsa, el personaje interpretado por Ingrid Bergman, se debate entre dos hombres, uno centrado psicológicamente y el otro no tanto, y lo mismo sucederá a Mia. Para mayor abundamiento, en Casablanca el guion ofrecía varias posibilidades para acabar la acción hasta el punto de que Ingrid Bergman no sabía realmente con qué hombre se iría, lo cual no se decidió hasta los últimos momentos del rodaje, siendo así que en La La Land se ofrecen dos finales alternativos, uno con cada amor posible.
            De manera que, Roma no pagaba traidores, según sabemos de la conquista de España, pero Hollywood sí agradece lealtades, por lo que no me sorprendería lo más mínimo que esta película fuera la gran triunfadora en la entrega de los Oscars de 2017.
            Nada que ver, por lo tanto, con All That Jazz (1979), de Bob Fosse, donde el espectador se replantea las grandes cuestiones vitales, pero, bueno, uno sale de La La Land con lagrimillas de emoción y eso siempre es bueno. Simpática, amable: en eso, desde luego, no se parece a Casablanca, donde el drama interno de los personajes es mucho más profundo.

Francisco Javier Rodríguez Barranco

miércoles, 8 de febrero de 2017

LA SEMILLA DE INSPIRACIÓN LLEGÓ EN UN TREN DE CERCANÍAS






 Reproducimos a continuación la intervención de María Teresa Morillas García durante el acto de presentación de la novela Eslabón de papel, de Guadalupe Eichelbaum, acaecida el 7 de febrero de 2017 en el Centro Andaluz de las Letras de Málaga.                       

En un tren de cercanías viaja una mujer. Este es uno más de los recorridos que realiza por su Buenos Aires natal, en un viaje del alma que posibilita el reencuentro con la ciudad y sus recuerdos. Un niño se acerca a ofrecerle un marcapáginas y ella, movida por la tristeza que supone ver a la infancia expuesta sin red a la vida, le da unas monedas. Diez años más tarde, la frase impresa en ese punto de lectura es rescatada, hace de semilla inspiradora y le mueve a escribir su quinta novela; la novela que hoy presentamos: Eslabón de papel. Publicada por Azimut Editorial y con ilustración de portada de Esther de la Cruz. En ella nos encontraremos con trece historias enlazadas por un nexo común, a través de las cuales Guadalupe Eichelbaum nos lanza una propuesta para realizar una inmersión. Ya les informo de que no será una inmersión cómoda, olvídense por el momento de bañadores tropicales y de utilizar unas simples gafas con tubo incorporado. Porque estamos invitados a bucear en aguas más frías y, por momentos, turbias, con el objetivo de familiarizarnos con la galería de personajes iceberg que en esta ocasión nos presenta.



Y los califico así, porque a Eichelbaum no le atrae en absoluto permanecer en la superficie para mostrar al lector esa primera capa visible en que lo evidente se narra y los protagonistas exponen una vida sin aristas, exenta de todo vértigo y carente de matices. Por ello, de forma valiente, Guadalupe sostiene desde la sencillez una narrativa que pone en evidencia la complejidad de la existencia humana hasta hacerla protagonista indiscutible; animándonos con su prosa sugerente a acompañarla y descender hasta esas siguientes capas veladas, para ser testigos silenciosos de lo que no desea ser mostrado. Dando paso al diálogo interno que sostienen estos personajes con la vida y con ellos mismos. Y por lo tanto colocándonos en un lugar privilegiado desde donde, con toda certeza, no podremos evitar tomar partido ante sus actos y decisiones. En este sentido una de las protagonistas de Eslabón sostiene: “Todos somos fiscales del prójimo y abogados defensores de nosotros mismos”.

 Guadalupe Eichelbaum tiene el acierto de presentarnos unas historias y  unos personajes anónimos muy cercanos. No son superhéroes, asesinos en serie, mutantes o profetas, y los conoceremos en diferentes etapas de sus vidas, espacios y tiempos. Así irán apareciendo uno a uno: la desequilibrada Baronesa, la inquietante sombra del señor Friedrich, Alejandra abriéndose al amor y al sexo, el anciano que decide huir tras un infortunio, Carla y su toma de decisiones, el señor Jones exprimiendo la vida, la niña reflexiva que no desea ser veleta, el conductor al cual se le abrirá una vieja herida; y gozaremos de algunos protagonistas más. Todos tan genuinos que difícilmente van a provocar nuestra indiferencia. Incluso nos serán tan familiares que acompañarlos en sus reflexiones más íntimas, tomar nota de sus contradicciones, habitar su locura, respirar con ellos la vulnerabilidad o el miedo, la ternura y el perdón, va a suponer un sano ejercicio de reencuentro con nuestra esencia y con el pulso de la vida. Además, la propuesta concreta de la autora es que realicemos este acercamiento en un momento crucial de quiebre en sus vidas. Por supuesto, el suspense en este thriller psicológico está garantizado.    

 A estos personajes los conoceremos leyendo La Isla del Tesoro de Stevenson, Frankenstein de Mary Shelley, Primera Memoria de Ana María Matute o La Bestia de Ally Keller, por citar alguno de estos libros. Es un circuito de lecturas que Guadalupe Eichelbaun nos deja de forma silenciosa, quizás como una pista interpretativa de historias dentro de historias y vidas que nos llevan a otras vidas. Y a todos ellos les une la posesión o el hallazgo del mismo punto de lectura con una frase de Emerson, la misma que ha sido semilla inspiradora para Guadalupe, que dice así: “lo que llamamos en otros pecado, consideramos en nosotros experiencia”. Frase provocadora de sentimientos tan dispares como la furia, la culpa o la indiferencia, y que incluso será simiente facilitadora de liberación para alguno de estos personajes.



 Porque aunque frágiles parecen los eslabones de papel, no olvidemos que llevan impresa la fuerza de las palabras, y estas son tremendamente poderosas y creadoras de nuevas realidades. Y es que, en efecto, otro de los grandes protagonistas de esta novela es, sin duda, el lenguaje. El lenguaje como constructor y  generador de  mundos.


 Porque si disertáramos sobre qué hace a la raza humana ser lo que es, si buscáramos la condición constitutiva primaria de los seres humanos; tras descartar al animal político de Aristóteles o el uso de herramientas propuesto por Carlyle, podríamos concluir que todo siempre ha apuntado en la misma dirección: los seres humanos somos seres racionales. Pero hoy día la biología, al frente entre otros de Humberto Maturana, sostiene que ante todo somos seres lingüísticos y nuestro hábitat son las palabras. Guadalupe Eichelbaum, como si estuviese en Eslabón de Papel realizando un experimento sobre la condición humana, y cada capítulo fuese un elaborado cuaderno de campo, confirma esta teoría. Con sencillez juega y danza abiertamente con la capacidad recursiva del lenguaje para dotar a sus personajes de historia y, a la vez, es muy consciente de que esos personajes son la propia historia.  Organizada alrededor de la tela de araña de sus discursos, de las declaraciones que realizan y por supuesto de los juicios maestros que les sostienen y los anclan para hacer de ellos las personas que son, definiendo y acotando sus actuaciones y acompañándolos en el fluctuar del devenir de la vida. Y los dota de una estructura de coherencia que los hace totalmente verosímiles, representando  una muestra muy interesante del individuo contemporáneo, de sus esfuerzos para abrir posibilidades de reconducir o reinventar sus vidas, dejando patente que somos una especie en continua transformación.




 Organizada alrededor de la tela de araña de sus discursos, de las declaraciones que realizan y por supuesto de los juicios maestros que les sostienen y los anclan para hacer de ellos las personas que son, definiendo y acotando sus actuaciones y acompañándolos en el fluctuar del devenir de la vida. Y los dota de una estructura de coherencia que los hace totalmente verosímiles, representando  una muestra muy interesante del individuo contemporáneo, de sus esfuerzos para abrir posibilidades de reconducir o reinventar sus vidas, dejando patente que somos una especie en continua transformación.

Por todo ello, aceptar la invitación de Guadalupe Eichelbaum supone bucear entre las páginas de Eslabón de Papel dejando atrás las aguas de la apariencia en una búsqueda continua de honestidad. Puesto que nos reta a una reflexión constante, en la cual los personajes hacen de espejo al mostrarse con intensidad y verdad. Convirtiendo en una aventura inquietante y bella el acercamiento a estas interpretaciones de la realidad que encierran. Abramos, pues, este regalo.



María Teresa Morillas García